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12 enero 2011

¿Dónde las tumbas?¿Dónde los muertos?


Me recreo con los artículos de Mario Benedetti en una tarde de domingo que se apaga. Hace años, cuando yo recibía de aquellas tierras emotivas cartas, envueltas en poesía de autores nóveles, este curtido escritor se aventuraba en la jungla de una Junta Militar que se estrenaba tras la caída peronista, en la primavera de 1976.
En 1980, Noemí Molfino, una activa madre de la Plaza de Mayo, fue envenenada en un hotel madrileño. La prensa dijo después que por los servicios secretos argentinos. Nadie respondió ante la justicia. En el otoño de 1997, el Defensor del Pueblo de Buenos Aires, haciendo caso omiso de la protesta de Carlos Menem en la que denunciaba la ingerencia española, manifestó su disposición a colaborar con el Juez Baltasar Garzón para saber, según reza el edicto, “que sus propios derechos y los de sus familiares víctimas de la dictadura sean reconocidos en algún lugar del planeta, y de que su vida, su libertad y dignidad valieron y valen a pesar de los vaivenes de las conveniencias políticas argentinas, ya que resposa en valores admitidos universalmente por la Comunidad Jurídica Internacional...”

Sólo en los tres primeros meses de la dictadura militar, fueron exterminadas más de quinientas personas. Agosti, Videla, Viola, Massera, fueron los encarnizados jefes militares, fantasmas renovados de la Alemania nazi, artífices de un sistema para la seguridad nacional que duró 8 largos años y supuso el calvario de miles de personas que pensaban distinto, que acaso los verdugos intuyeron que pensaban distinto, denunciados también, no debemos dudarlo, por vecinos y amigos.
La estadística suele engañarnos, pero se habla de treinta mil muertos, incluídos niños, mujeres embarazadas y ancianos. Familias enteras fueron arrancados de sus hogares con unas intencions que todavía hoy quitan el sueño. Muchos fueron “picaneados” (tormento de descarga eléctrica), obligados a violarse ante sus verdugos y violados por ellos; arrojados desde los aviones vivos, atados a bloques de cemento.
Nora Catelli, cronista del horror, asegura en un artículo que recupero para ustedes: “A muchos les cortaron las manos con serruchos ordinarios, arrancaron sus ojos, sus pechos, sus testículos, sus lenguas... Y lo hicieron muchas veces, hijos frente a sus madres, hermanos frente a hermanas, mujeres frente a sus compañeros, dejados sin asistencia hasta morir de frio o “estaqueados” (suplicio de los indios pampas).
¿Cabe mayor ignominia? ¿Qué niveles ha de alcanzar el suplicio para que los Organismos Internacionales acudan en ayuda de un pueblo que calla por miedo, o muere por error? ¿Puede un pueblo entero permanecer impasible ante una Junta Militar que se erige en gobernante y se adueña de haciendas y de vidas?

Hoy todavía me llegan aires perfumados de aquellas lejanas tierras. Y entre los versos de jóvenes poetas, de vez en cuando quiero vislumbrar la iniquidad sufrida por gentes que no encontraron un lugar ni un tiempo para escribir su vida. Muchas historias me siguen impactando a diario, pero ninguna como ésta, donde es inmolado un pueblo entero.

Y a veces, en el silencio de una tarde de domingo, a últimos de siglo, me llamo y me reclamo para repetir el mensaje que está clamando al viento: ¿dónde mis padres?, ¿dónde mis hijos?, ¿dónde una tumbar para llevarles el aliento? ¿dónde la justicia? ¿dónde los derechos humanos?
Y cuando llego a ste punto donde los interrogantes se hacen interminables, revierte en mí el pensamiento de una de aquellas jóvenes promesas cuando viene a decir que: “Un grito a tiempo puede evitar una catástrofe. Muchos gritos a destiempo pueden originarla”.

No podemos permitir que un pueblo, cualquier pueblo, vuelva a pasar por una experiencia parecida, donde la palabra más pequeña que cabe para identificarla es esa, catástrofe, y donde nunca, jamás, podrán cerrarse las heridas.

Imagen: fotolog
@Del autor, en la sección "Crónicas fin de siglo"

2 comentarios:

Ambar dijo...

Las tumbas,no existen cada familia ha hecho su propio duelo seguramente...y habrá enterrado su muerto como ha podido.Nada jusfica las atrocidades y la muerte.
Saludos.
Ambar...

Froilán De Lózar dijo...

Siempre, desde otro país, el sufrimiento se amortigua, se relega o se olvida.
La lectura de Catelli, entonces, me impresionó mucho. Estos días, con el aniversario, vuelvo de nuevo a preguntármelo.
Muy agradecido, Ambar...

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