
Cuando vi esta imagen por primera vez me causó una gran impresión y reconozco que aún hoy me sumerge en un profundo sentimiento de monotonía, de vivir atado a esa silla maldita que gira pausada en rito interminable.
Llega un momento, una edad, en que tortazos a los hábitos y a la rutina como éste te hablan sobre lo que haces con tu vida, sobre la pérdida de los sueños, de la ilusión. La pasión se cayó en uno de esos giros de 24 horas y ni tan siquiera se percibe su pérdida.
Sabes que andas como un buey, tirando de una ristra de pesados debes, deberías y debieran. Sabes que eso no eres tú, pero al mismo tiempo sientes una incapacidad inexplicable que no permite reaccionar a los deseos, a los instintos.
Tras un breve y efímero tiempo de eternidad momentánea, de inocencia rabiosa, inicias el ciclo de la edad adulta: trabajas, matrimonio, trabajas, hijos, trabajas, hipoteca, trabajas, vacaciones, trabajas, viaje, trabajas, pagas, trabajas, debes, trabajas, envejeces, trabajas, te jubilas, vienen los achaques... y todo se acaba. ¡Se jodió! Ya no hay oportunidad. ¡Ni usando alguna suerte de viagra mental! Aquí hay algo que no cuadra.
No sé tú, pero yo estoy pensando que hay en este círculo una ausencia. Alguien se olvidó de alguna pieza, se equivocó en este diseño endemoniado, erró en la planificación de la vida media para el ciudadano medio.
Y no alcanzo a intuir qué será, ¿Tan idiotizado ando a estas alturas de la vida? ¿Tanto debí de perder por el camino?
¿Tú qué crees?



















Durante las últimas décadas la publicidad se ha dedicado a construir el prototipo de 



























