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28 agosto 2010

El caso Bulnes


Aparejados a la puerta de una de aquellas casas, dos mulos aguardan la orden para emprender la marcha que los llevará a la población de Arenas. A su lado, un cabrito montuno, que una vez sacrificado servirá para el cuajo del queso de Cabrales. Estamos en Asturias, en un lugar de Asturias donde todo funciona a base de sacrificio y resignación. Así, los retoños de haya y las ramas de inabio que se utilizan para las chimeneas, los piensos que necesitan las caballerías, los utensilios y alimentos que precisan los hombres, el médico, las escuelas y los demás servicios, todos vienen y a todos se acude cuando el dolor o la necesidad aprietan, por un mal camino lleno de terraplenes. Los políticos asturianos, después de muchos años divagando, comprendieron que allí hacia falta un poco de justicia, un poco de igualdad, un poco de todo, que casi todo era lo que les faltaba a esta gente montañesa. Y le encargaron al Consejero de Fomento que pusiera manos a la obra. De esta manera nació el proyecto de la carretera que trajo aparejada la polémica. Se trataba de unir Poncebos con Tielve, y un túnel de casi dos kilómetros que conectaría Tielve con el Puente de Colines. La noticia en su día fue una especie de bomba. La gota de esperanza que reposaba en los ojos de aquellos montañeses se hizo más grande.

Pero no sabían que se pondría en movimiento un carro de gente para luchar contra el proyecto haciendo realidad una frase que Guillermina le lanzó al reportero:

“A veces pienso que deberían dejar esto como está para escarnio de la humanidad”.

Quienes desde esta lado de la línea se quejaban porque la carretera de su pueblo era casi un
camino, se quedaron impresionados cuando encontraron entre las páginas de su diario, un conjunto desordenado de casonas de piedra, con techos de pizarra. Ningún otro camino puede compararse con aquel que serpentea el río Tejo, en Bulnes, una población que llegó a tener cincuenta y dos vecinos. A quienes allí viven les separaba hora y media de la civilización, un caminucho de piedras y tierra, entre barrancos y cañadas, camino que tenían que tomar casi a diario para seguir viviendo.

“Con nosotros ha habido siempre una falta de atención absoluta –le cuenta Marcelino al periodista– un montañés nacido en los praderíos del Terenosa. Y añade: “Pero porque no se cuente eso no quiere decir que no exista. No vamos a estar revolviendo el dolor, pero ahí está, en nuestra vida”.

Nadie mejor que quienes lo sufrieron sabe lo que duele la herida. Se suscitan aquí dos teorías: la del progresista de ciudad, que no concibe cómo a estas alturas hay un pueblo incomunicado en mitad de los Picos de Europa y la del aldeano incrédulo que, a su edad, lo último que esperaba era un camino de alquitrán. Y a la par, se barajan dos impedimentos: el de los ecologistas, que estiman el daño mediambiental en 85391 metros cúbicos de escombros, y por consiguiente, la destrucción de un paisaje, y el de los vecinos, que pese a rezar a diario para que se haga realidad el ascensor o la carretera, frente a todas las vicisitudes que pasaron, reconocen que viven felices en la soledad de aquellos montes. Y miren ustedes, los ecologistas proponen el realojamiento de los vecinos fuera del valle, que no merece la pena invertir 800 millones para comunicar a nadie, si con ello se rompe la disciplina del paisaje. El ecologista está para salvar la tierra. Los hombres que se salven solos. Aunque desde hace algunos años, la política de los ecologistas está contagiando a mucha gente, (que lo veo aceptable y bueno en muchos casos), ahí quedan ejemplos denigrantes para las generaciones venideras, como el caso vivido en Canadá (cuando escribo estas letras), donde se niega el asilo a una tripulación china y, en cambio, la sociedad protectora de animales y un alto porcentaje de particulares ofrece dinero y alojamiento a la perra que venía con ellos.
No recapacitan que con su idea, se rompe una forma de vida asumida por los montañeses, rodeados de un paisaje que cuidaron y en el que sólo aspiran, como cualquier pueblo del mundo, a crecer dignamente.

De la sección del autor "Fin de siglo", publicado en prensa el 26 Sep 1999
Imagen: "El tiempo"

2 comentarios:

rodericus2009 dijo...

Creo que el ecologismo se ha convertido ultimamente en una pseudo-religión para algúnos, con sus dogmas de fé y hasta su propio santorál. Por motivos personales, conozco los problemas que representa vivír en una aldea de montaña, y me gustaria sabér si algunos de los que se oponen al proyecto de carretera seria capáz de sacrificár comodidades cotidianas como la electricidád, el teléfono y el uso del automovíl. En el fondo, hay bastante hipocresia detrás de algúno de estos "conversos".

Siempre habrá una manera de ejecutár la obra con un minimo impacto sobre el territorio. Todo el mundo tiene derecho a vivír donde le parezca con un minimo de dignidád.

Saludos.

Froilán dijo...

@rodericus2009, Se nota, por tu razonamiento y porque tú mismo así lo expones, que has vivido cerca de alguno de estos lugares aislados a donde todo llega de manera muy precaria. El artículo lo publiqué a finales del pasado siglo en prensa y aunque se reaviva de vez en cuando la polémica de un funicular que circula a 22 kms por hora mediante un sistema de tracción por cable sobre vía, lo que alimenta, ya lo sabes, ese alimento de pena de quienes, precisamente, no viven allí el día a día, para muchos ha significado la ruptura de un aislamiento.

Bulnes ha quedado a dos kilómetros de Poncebos, unido por un túnel subterráneo que atraviesa la Peña Maín. La obra ha costado la friolera de 12 millones de euros.

Esta aldea fue fundada por unos pastores, que renunciaron a muchas comodidades y, lógicamente, se pide respeto a todos los que se decidan a visitarla, cosa que no debe estar reñida con una mirada hacia el futuro de quienes decidieron vivir allí su vida.

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