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09 enero 2010

Todos los nombres



Dedicado al maestro Saramago

Deje el fichero abierto y una de mis hijas curioseó entre aquellos nombres. Tal y como pensaba, ninguno le sedujo.
Eran vidas lejanas, personas anónimas que nacieron y casi murieron en el mismo lugar. ¡Qué podían enseñarnos, si apenas estudiaron! Algunos heredaron la tarea de sus padres; se atrevieron con el encargo sagrado de llevar a buen puerto el patrimonio, reducido éste a una casa de piedra que amenazaba ruína; un perro, un carro, cuatro fincas y una serie de utensilios y telares que hoy lucen en las mismas viviendas, remozadas por los sucesores, patrimonio legado por los padres y abuelos de mis protagonistas.

En el archivo están mezclados todos los nombres: los vivos y los muertos, las mujeres y los hombres, los jóvenes y los ancianos y así... canteros, cantineros, catedráticos, maestros, mineros. Todas las fichas son del mismo color, no he habilitado ninguna señal para diferenciarlas. Todos están en la misma caja, en el mismo cajón; ordenados, eso sí, alfabéticamente. Allí se esconde un mundo, historias emotivas de tres generaciones, sentimientos y fabulaciones de hombres y mujeres de nuestra tierra que a su modo inbterpretaron el libro de la vida.

Cuando me propuse buscar un nombre sobresaliente fuera de aquel mundo reducido, lo hice para probarme. Es cierto que allí se aprenden cosas. Todos te enseñan algo. Todos aprendemos de todos, pero con aquel traslado momentáneo, con aquella búsqueda casual, únicamente pretendía destronar ciertos miedos: todos somos iguales. Que se habilite una línea de rango por arriba o por abajo no le hace a nadie diferente en cuanto a lo fundamental. Están allí, suspendidos, en otro ambiente, porque de alguna forma han pretendido el éxito, se han preparado para el éxito, han pasado la prueba y cayeron bien a un jurado compuesto por personajes de la farándula. Pero eso no indica que ya lo tengan todo resuelto. Ese mundillo te exige también el cumplimiento de unas pautas, el sometimiento a ciertos pisotones que a veces terminan en tragedia, consumidos como ídolos.

Cuando el primero me respondió que su meta era el final del camino, subir a lo más alto, sabía que había llegado allí porque estaba decidido a llegar como fuera. Sólo cuando fui a buscar otra de aquellas vidas para completar la experiencia, percibí entonces las enormes diferencias que se soportan a uno y otro lado de esa línea divisoria, de esa línea roja. Con esto no pretendo desencantar a nadie. Si alguien quiere algo y trabaja para conseguirlo poniendo alma y corazón, al final lo consigue, sea o no reconocido por la sociedad, reciba premios o castigos de la crítica, se le abran o se le cierren las puertas.

Yo vuelvo a mi afición. Regreso a mi fichero. Archivo un nombre más de los de siempre, un nombre viejo, un nombre raro, un nombre desconocido, un nombre que guarda en su interior lo que suman cien vidas. Yo vuelvo a mi cajón y hablo con ellos, y los veo como fueron, y los veo como son, sin máscaras ni amagos de anorexias, con su conformidad luciendo en lo más alto. No están todos, lo sé. Son apenas cien nombres, castellanos profundos, montañeses, cien gotas entre miles que como ellos pasaron volcando tradiciones y ordenanzas. Cien gestos, cien historias que tanto y tan bien hablan.

4 comentarios:

Mery dijo...

a eso lo llamo yo, historia, todos son importantes, cada uno con lo suyo,,,,muy buen relato, saludos.

Froilán dijo...

Si os quedáis con ganas, en mi blog de "La Madeja", tenéis la historia completa que publiqué en prensa a finales del pasado siglo. Mery, mándanos un poco de calor, que aquí por el norte está nevando.
Saludos

Álvaro Sánchez-Carnerero Gil-Ortega dijo...

¡¡¡Saramago Diooooooosss!!!

Cosmo dijo...

Leí este libro hace un par de años y me gusta como todo lo de Saramago,es excepcional.Saludos

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